Catherine-LEcuyer

“Educar es dar oportunidades de belleza”
Lo dice Catherine L’Ecuyer, una investigadora canadiense radicada en Barcelona, quien propone educar en el asombro y desde el apego, para darles más herramientas a nuestros hijos.

Soy madre desde hace doce años y en este tiempo he comprendido que la crianza requiere muchas más herramientas que las que tenía el día del parto. Educar es una tarea realmente compleja: no podemos dejar de aprender, de estudiar (aunque no sea formalmente), de pensar, de poner nuevas técnicas en practica y mucha creatividad para hacer de nuestros hijos personas íntegras y plenas. Mientras son chicos y también cuando sean adultos.

En ese camino de errores y aciertos, me recomendaron el libro de Catherine L’Ecuyer, “Educar en el asombro”, que va por su décimosegunda edición desde su publicación en Barcelona hace dos años. Un verdadero boom editorial, que ya trascendió las fronteras de España, al traducirse a otros idiomas como el italiano y el coreano y se retroalimenta con el blog de la autora apegoasombro.blogspot.com.es, que recibe 15.000 visitas mensuales, y cuenta con más de 2,1 millones de visitas en Google+.

Educar en el asombro: otra mirada sobre la educación

Te animo a conseguir el libro -y muy pronto el nuevo título, “Educar en la realidad”, que trata de las nuevas tecnologías- y leer toda la información que ofrece el blog, que es mucha y súper interesante. Vas a poder ver que la tesis de esta canadiense radicada en Barcelona es la revolución de la sensatez. Un soplo de aire fresco y un inmenso desafío. Como se lee en la contratapa del libro: “Los niños crecen en un entorno cada vez más frenético y exigente que, por un lado, ha hecho la tarea de educar más compleja y, por otro, los ha alejado de lo esencial. Para su éxito futuro, vemos necesario programarlos para un sinfín de actividades que los están apartando del ocio de siempre, del juego libre, de la naturaleza, del silencio, de la belleza. Su vida se ha convertido en una verdadera carrera para salvar etapas. Un ruido ensordecedor acalla sus preguntas, las estridentes pantallas saturan sus sentidos e interrumpen el aprendizaje lento de todo lo maravilloso que hay que descubrir por primera vez”.

“Educar en el asombro consiste en respetar su libertad interior, contando con el niño en el proceso educativo, respetar sus ritmos, fomentar el silencio, el juego libre, respetar las etapas de la infancia, rodear al niño de Belleza, sin saturar sus sentidos”, dice la autora.

Su tesis tiene además fundamento científico: en septiembre de 2014, la revista suiza “Frontiers in Human Neuroscience” publico su artículo “The Wonder Approach to Learning”, convirtiendo su tesis en una nueva hipótesis/teoría de aprendizaje.
Ahora, Catherine se dedica a difundir las ideas de su libro a través de sus conferencias. Y colabora en el centro de investigación Mente Cerebro de la Universidad de Navarra. En ese marco, hizo un hueco en su agenda para responder a mis preguntas, que de alguna manera son las de todas.

—La educación es un ejercicio de conocimiento. Sin embargo, pareciera que los padres caemos en la cuenta de todo lo que implica cuando nace nuestro primer hijo. ¿Te pasó lo mismo? ¿Cuándo comenzaste a interesarte por temas de educación?
—Creo que eso es lo normal. Solo entendemos realmente lo que implica la educación de nuestros hijos y intuimos toda la trascendencia que tiene, cuando nos encontramos cara a cara con esa realidad. Cuando esperaba mi segundo hijo, trabajaba en consultoría de alta dirección. Tenía la suerte de trabajar principalmente desde casa, pero llegó un momento en que tenía tal volumen de trabajo que estaba cada vez menos con mi hija mayor y eso desencadenó en una crisis personal y profesional. Durante la licencia por maternidad, empecé a documentarme en serio sobre lo que necesitaban mis hijos.

—¿Y qué encontraste?
—Encontré una respuesta que nos cambió la vida: más que un sinfín de estímulos externos, lo que necesitan los niños es desarrollar un vínculo de apego seguro con su principal cuidador. Y luego la segunda pregunta que me hice fue: ¿Qué es lo que motiva a los niños para aprender? No dejaba de llamarme la atención que los niños pequeños van directo al enchufe, no paran de tocar todo lo que les rodea, para luego convertirse en muchos casos en niños pasados de vuelta y desmotivados en el aprendizaje. Me preguntaba: ¿qué hace que esa curiosidad se pierda por el camino?

—¿La respuesta que encontraste se ha convertido en tu tesis?
—Sí, los niños nacen con asombro. El asombro es el deseo para conocer, dice Tomás de Aquino. Y lo que asombra es la belleza porque atrae.

—¿Cómo llegaste a esa conclusión, fue un instante de luz, una revelación o un alto en el camino?
—Observando a mis hijos, a los demás niños, investigando los estudios sobre el efecto pantalla, en neurociencia, en neuropediatría, sobre el apego, leyendo los griegos, etc. Pero con el trabajo y la familia estaba demasiado ocupada y no tenía tiempo de poner mis conclusiones por escrito, lo tenía todo en la cabeza.

—¿Entonces cómo llegaste a escribir el libro?
—Un día tuve un accidente de coche muy grave, cuando estaba embarazada de mi cuarta hija. Estuve a punto de perder a mi bebé y me encontré en reposo obligado durante seis meses, hasta el día del parto. Ese reposo obligado fue determinante porque me dio tiempo de escribir lo que tenía en mente. Yo pensaba que al libro lo iba a comprar mis cuarenta amigos. Lo que pasó (N. de la R.: Lo que pasó fue que al libro lo compraron millones de personas y lleva doce ediciones en dos años, impresionante)… fue una gran sorpresa.

—¿Hace falta “educar” el asombro o solo dejarlo aflorar? ¿Cuáles son las estrategias para incentivarlo?
—Todos nacemos con asombro, no es algo que se inculque. Es cuestión de respetarlo, tampoco lo plantearía en términos de estrategias. En realidad, se trata de respetar la naturaleza de nuestros hijos. Los niños no han cambiado y nunca van a cambiar. Eran, son y serán niños. Lo que ha cambiado es el entorno en el que se encuentran nuestros hijos. Se trata de volver a los orígenes, a lo de siempre, pero en el contexto actual, que es muy distinto al de antes.

—¿Cómo se hace eso?
—Respetando los ritmos del niño, su inocencia, sus etapas, su sed de misterio, de belleza, de silencio, sin saturar sus sentidos, fomentando el juego libre, el contacto con la naturaleza, etc. De eso hablo en el libro.

—¿Por qué recomiendas no escolarizar a los niños hasta los tres años?
—Lo que digo es que los niños no necesitan educación formal antes de los 7 años. Tomemos el ejemplo de Finlandia, que sigue ese modelo y que encabeza el informe Pisa año tras año. Eso no quiere decir que los niños no puedan ir al jardín de infantes antes, pero no es necesario enseñarles a contar, a leer y a escribir tan temprano. Los niños no van al jardín porque lo necesitan, sino porque trabajamos los padres. Al margen de eso, lo ideal sería que durante sus 2 ó 3 primeros años de vida, el niño esté con una persona estable: su madre o su padre, su abuelo o un cuidador sensible, que pueda atender sus necesidades básicas a lo largo del día. Sé que eso es difícil en la sociedad en la que vivimos, pero eso facilita que el niño desarrolle un modelo de apego seguro. Si no puede ser, hemos de buscar un lugar que cuide el trato personal con cada niño y que tenga pocos niños por clase y por maestra. Es una lástima que eso se valore poco hoy en día. Los padres nos dejamos deslumbrar porque un jardín usa ipads y enseña chino y chelo, pero no damos toda la importancia que tiene al asunto de los ratios.

—Al leer tus reflexiones sobre los beneficios de una relación de calidad, de apego, con el adulto, recordé la frase de Albert Einstein: “el amor es mejor maestro que el deber”…
—El apego es imprescindible. Los estudios demuestran que los niños que han desarrollado un apego seguro con su principal cuidador tienen más autoestima, son más autónomos, más confiados y más curiosos intelectualmente. El apego es imprescindible para que el aprendizaje del niño fluya bien. Los niños triangulan continuamente entre su principal cuidador y el mundo que descubren. ¿Qué es lo primero que hace un niño cuando encuentra un caracol? ¡Mira mamá! Los niños calibran el mundo a través de nuestra mirada.

—También leyendo tu libro, pensaba en que en realidad estás proponiendo educar a nuestros hijos para ser nosotros mismos mejores personas. ¿Será esa la bendición de la paternidad, ser mejores por y para ellos?
—Educar es dar oportunidades de belleza, es rodear a los niños de cosas bellas. Los griegos decían que la belleza es la expresión visible de la verdad y de la bondad. Todo eso se trasmite a través nuestro. Si queremos trasmitirles una serie de cosas a las que nosotros damos importancia porque pensamos que es verdadero y bueno para ellos, lo hemos de encarnar nosotros mismos primero. ¿Por qué? Es bien sencillo, la belleza se trasmite a través de la belleza. Por lo tanto, tienes razón cuando dices que la paternidad y la maternidad se convierte en una bendición, nos embellece.

—¿Cual es el rol de la belleza en la educación?
—La belleza atrae. Hoy estamos muy preocupados porque nuestros hijos están distraídos. Es lógico. Están rodeados de estímulos externos que les distraen y que no dan sentido a sus aprendizajes. Antes hemos dicho que la belleza es expresión visible de la verdad y de la bondad. El rol del educador es responder a la pregunta : “¿Qué es verdadero y bueno para los niños?” Para responder a esa pregunta, hace falta sensibilidad para sintonizar con lo que conviene o no a los niños. La violencia, por ejemplo, no es bella para los niños porque no responde a su bondad. Y un horario que no les da tiempo de estar con sus seres queridos tampoco es bello, porque no responde a lo que de verdad necesitan.

—En tu blog recomiendas libros y películas de acuerdo a las edades de los niños (maravillosos los que conozco aunque no sean necesariamente los más taquilleros). ¿Qué criterio utilizas para elegirlos?
—Son propuestas, no pretendo tener respuestas perfectas y seguro que se me escapan muchos títulos muy bellos. He contado con la ayuda de varias madres, seguidoras del blog. Es un trabajo de equipo. En general, me fijo mucho en el ritmo. El ritmo interior de los niños pequeños es muy lento y hemos de respetarlo. Cuando los niños ven cosas demasiado rápidas, luego se acostumbran a eso y buscan siempre nuevas sensaciones. Por ejemplo, estudios demuestran que las series infantiles tienen una media de 7,5 cambios abruptos de imágenes por minuto. ¡No hay nada que vaya tan rápido en el mundo real! Entonces, el niño se aburre…

—¿Por qué dices en el libro que el asombro está relacionado con el agradecimiento?
—El asombro es “no dar el mundo por supuesto”. La consecuencia lógica de esa postura es el agradecimiento. En cambio, cuando alguien pierde el asombro, da todo por supuesto y empieza a pensar que el mundo ha de portarse como él quiere. Luego no solo el mundo, sino las personas. Por eso es tan importante parar el consumismo y poner límites a los niños. Así no dan nada por supuesto y conservan su asombro agradecido durante toda la vida.

—¿Cuándo es demasiado tarde para cambiar?
—Nunca es demasiado temprano para empezar y nunca demasiado tarde para cambiar. Es más fácil si empezamos en la infancia, porque lo que cuaja en el corazón de un niño pequeño cuaja hondo. Pero no se puede tirar nunca la toalla delante de las dificultades educativas, siempre se puede tener esperanza…

—En un ámbito más personal, con cuatro hijos, ¿como conciliaste maternidad y carrera?
—Renunciando a muchas cosas. Yo no creo en la súper madre profesional que lo hace todo perfecto en todos los ámbitos. Pienso que eso es algo que nos han vendido para que las mujeres nos amarguemos la vida. ¿Qué hay de malo en escoger uno o el otro, o en hacer las dos cosas, pero aspirando a metas realistas? Socialmente se ve como un fracaso, mientras se debería ver como un logro. Cuando acabé mi MBA en el IESE, me ofrecieron un trabajo en un banco de inversión en Londres. En ese momento sabía –eso es muy personal, cada uno puede pensar y vivir algo distinto- que tenía que escoger entre ese trabajo y la maternidad. Opté por la maternidad. Luego trabajé en una consultoría en Barcelona que me permitía trabajar desde casa, pero a medida que la familia y el volumen de trabajo aumentaban a la par, tuve que renunciar de nuevo a varias oportunidades profesionales. Hay muchos factores que entran en consideración (coste de la vida, horarios laborales, tamaño de la familia, etc.) y no hay una receta que funcione para todas las familias. Pero hay dos ideas que siempre he tenido muy claras y que me han guiado en mis momentos de grandes dilemas: 1) los sacrificios que se hacen por convicción personal en la vida dan frutos a la larga, mientras que de lo contrario puede –y suele- pasar factura y 2) la vida es muy larga y hay tiempo para muchas cosas, no es necesario tener tanta prisas para hacerlo todo a la vez. Ahora bien, el gran reto es ir explicando todo eso a nuestros hijos a través de nuestro ejemplo, porque desafortunadamente si hay algo que el colegio no les enseña, es a ser padres y a ser madres. Y ese es el primero y el más importante de todos los trabajos.

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