Niños silencio

EN PALABRAS DE MARÍA MONTESSORI

Para acelerar la atención del niño con relación especial a los sonidos hay un ejercicio muy importante que, contrariamente a todos los intentos realizados hasta ahora en la práctica de la educación, no consiste en producir, sino en eliminar en la medida de lo posible, todos los sonidos del medio ambiente. Mi “lección del silencio” ha sido ampliamente aplicada, incluso en escuelas donde el resto de mi método no ha sido aceptado, por el bien de su efecto práctico en la disciplina de los niños.

A los niños se les enseña a “no moverse”, para inhibir todos los impulsos motores que puedan surgir por cualquier causa, y con el fin de inducir en ellos verdadera “inmovilidad”, es necesario iniciarlos en el control de todos sus movimientos. La maestra, entonces, no se limita a decir “quédate quieto”, sino que ella misma pone el ejemplo, mostrándoles cómo se sienta absolutamente inmóvil, es decir, con los pies quietos, el cuerpo inmóvil, los brazos quietos, la cabeza inmóvil. Los movimientos respiratorios también deben realizarse de tal manera que no se produzca ningún sonido.

Hay que enseñar a los niños cómo lograr con éxito este ejercicio. La condición fundamental es encontrar una posición cómoda, una posición de equilibrio. A medida que se sientan para este ejercicio, deben también estar cómodos en sus pequeñas sillas o en el suelo. Cuando se obtiene la inmovilidad, la habitación se oscurece un poco o, si no es posible, los niños cierran los ojos o los cubren con sus manos.

Es muy fácil ver que los niños toman un gran interés en el “Silencio”, parece que se entregan a una especie de hechizo: se podría decir que se envuelven en la meditación. Poco a poco, conforme cada niño, observándose a sí mismo, queda más y más quieto, el silencio se profundiza hasta que se convierte en absoluto y se puede sentir, al igual que el crepúsculo poco a poco se profundiza, mientras el sol se pone.

Entonces es que los sonidos leves, imperceptibles antes, se escuchan, el tic-tac del reloj, el trino de un gorrión en el jardín, el vuelo de una mariposa. El mundo se llena de los sonidos imperceptibles que invaden el silencio profundo, sin perturbarlo… Es casi el descubrimiento de un nuevo mundo…el ocaso del mundo de los ruidos fuertes y de la conmoción que oprime al espíritu. En ese momento el espíritu se libera y se abre…se vuelve más sensible al juego interior de las emociones.

La lección del silencio termina con un llamado general de los nombres de los niños. La maestra o uno de los niños, toma su lugar detrás de la clase o en una habitación contigua, y “llama” a los niños inmóviles, uno por uno por su nombre. La llamada se realiza en un susurro, lo cual exige una gran atención por parte del niño, si es que quiere oír su nombre. Cuando su nombre es mencionado debe levantarse y dirigirse a la voz que lo llamaba, y sus movimientos deben ser ligeros y vigilantes, y por lo tanto controlados para no hacer ruido.

Cuando los niños se han familiarizado con el silencio, su oído se refina para la percepción de los sonidos. Esos sonidos que son demasiado fuertes se vuelven poco a poco desagradables para el oído de alguien que ha conocido el placer del silencio, y ha descubierto el mundo de los sonidos delicados. Desde este punto los niños poco a poco se perfeccionarán a sí mismos; caminan ágilmente, con cuidado de no chocar contra los muebles, mueven las sillas sin ruido, y ponen las cosas sobre la mesa con mucho cuidado. El resultado de esto se ve en la gracia con la que se transportan las cosas y se mueven…No es una gracia enseñada desde el exterior, sino que nace del placer que siente el espíritu por la inmovilidad y el silencio. El alma del niño desea liberarse del fastidio de los sonidos demasiado fuertes, y de los obstáculos a la paz durante el trabajo. Estos niños, con la gracia de pajes de un noble señor, están alimentando sus espíritus.

Este ejercicio desarrolla muy claramente el espíritu social. Ninguna otra lección ni “situación”, podría hacer lo mismo. Un profundo silencio se puede obtener, aun cuando más de 50 niños se apiñan en un espacio reducido, siempre que todos los niños sepan cómo permanecer quietos y quieran hacerlo, pues un perturbador es suficiente para romper el encanto.

Aquí se muestra la cooperación de todos los miembros de una comunidad para lograr un fin común. Los niños poco a poco presentan un mayor poder de inhibición. Muchos, en lugar de perturbar el silencio, se abstienen de espantar una mosca en la nariz, o suprimen la tos o el estornudo. La misma muestra de acción colectiva se ve en el cuidado con el que los niños se mueven para evitar hacer ruido durante su trabajo. La ligereza y la gracia para moverse y cerrar un armario o poner un objeto en la mesa, son cualidades que deben ser adquiridas por todos para que el ambiente llegue a ser tranquilo y libre de perturbaciones. Un rebelde es suficiente para echar a perder este logro, un niño ruidoso… puede perturbar la tranquilidad de la pequeña comunidad.

MARÍA MONTESSORI
El Manual Personal de la Dra. Montessori. (Dr. Montessori’s Own Handbook, Nueva York, 1914)

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