AdriánAdrián, mi segundo hijo, también nació por cesárea, pero fue muy distinta a la de su hermana, mucho.
Tras los errores de la primera, mi mayor temor era que la bolsa sufriera otra fisura y yo no me diera cuenta o no me volvieran a hacer caso de producirse. Me volví obsesiva con las ecografías, cada mes una y siempre en vilo. Para relajarme, en el segundo mes de embarazo, que además llevé fatal porque perdí 5 kilos en esos dos meses, me apunté a clases de yoga.
Paloma, mi profesora, era a parte de una experta yogui, matrona y doula, ella me abrió los ojos al mundo de la verdadera maternidad, esa que nos nace del instinto, de las emociones, de reconectar con la mamífera, el animal, el ser libre, la tierra que late en nuestro seno. Aprendí a darle lo mejor a mi hijo no sólo mediante el alimento que ingerimos, también el emocional ¿sabes que tu hijo también se alimenta de tus vivencias, sentimientos, lo que ves? Así que alejé de mi vida películas de terror, espacios plenos de alquitrán, alejé cualquier grito o disputa. Paseaba por el campo, la playa (es muy bueno), amaneceres, puestas de sol (el sol es la vida), empecé a alimentarme con conciencia, ya era vegetariana pero dejé de limitarme a comer verde y a alimentarme sin sufrimiento y con calidad. Mi mundo cambió desde ese momento, tener a mi segundo hijo me cambió sin duda alguna.
Es increíble la cantidad de vetos estúpidos y dañinos que adquirimos a través de una forma de cultura a veces errónea. Las clases no sólo nos preparaban para dar a luz, esas clases nos dieron luz interior, en nuestra vida sexual, emocional, corporal..porque todos esos encorsetamientos nos mantienen el cuerpo en tensión, cohibido, impedido, limitado, el trabajo de liberación es constante y perpetuo, igual que las ganas de limitarnos que han tenido algunas forma “culturales” o “religiosas”.
Cuando llegó la hora, esta vez lo reconocí muy bien, empezó a medio día del día 2 de marzo, al día siguiente de haber expulsado el tapón. Me duché con agua tibia para ver si eran contracciones de parto, y como siguieron me fui tranquilamente, andando, a casa de mis padres para que me llevaran al hospital. Al llegar, era ya hora de cenar, y cené claro. Mi estado era tan normal como el de cualquiera, las clases de yoga me hicieron tomar conciencia de mi trabajo físico y a controlar que mi estado de ansiedad mental no lo entorpeciera, así que asumía como un trabajo esas contracciones y no tenía porque doler, en todo caso molestar o hacerme más conciente de las partes de mi cuerpo que estaban trabajando. Es como tomar conciencia del trabajo muscular en un ejercicio, sólo que este da origen a la vida y tiene una emoción añadida inconmensurable.
Puede parecer que vanalizo el trabajo de parto, pero es que cuando asumes lo que en realidad es, cuando te has despojado de los dogmas de una sociedad que ha castrado a la hembra hasta en su esencia más básica, la maternal, la de mamífera, es cuando el dolor deja de serlo y empieza a ser tu aliado. Le entiendes, le comprendes, le conoces, matas el miedo, ese sentimiento que anuncia el dolor aunque no haya llegado o no vaya a llegar. El miedo crea el sufrimiento, es como cuando los niños temen a la oscuridad, le temen porque no saben, no ven qué hay en ella, no saben porqué no hay luz, y creen que su ausencia es peligrosa por no controlar su contenido, lo que viene…el parto es igual, nos han dibujado una escena llena de oscuridad donde debemos confiar sólo en los médicos y no en nosotras, porque nosotras estamos sufriendo ¿perdón? Debemos amar la luz tanto como la oscuridad, eso lo primero. Y es de sabios explorar la oscuridad para saber qué hay en ella, a veces tan sólo hay que encontrar el interruptor, porque toda oscuridad retrocede ante la luz, toda incultura desaparece con el conocimiento. La mujeres debemos volvernos a conocer tal y como ocurre en culturas ajenas a occidente, donde la maternidad está llena de luz, porque no olvidemos que damos luz…
Nadie pensaba que yo estuviera de parto, no gritaba, no jadeaba, tan sólo paraba cuando sentía la contracción para visualizar una hermosa flor que se abría a la vida pensando en mi sexo, una apertura que abría la puerta a mi hijo a este mundo. Sabía que cuanto más tranquila fuera mi respuesta al trabajo de parto, menos traumático sería su nacimiento y ello traería beneficios a mi hijo, al margen de darle una buena oxigenación y restarle estrés.
Llegamos al hospital y estaba de parto claro, llevaba un centímetro, pero como vivía en otro pueblo debía quedarme ya ingresada.
Durante cuatro días, si cuatro, estuve dilatando, me empeñé en librarme de otra cesárea, y mientras que mi hijo estaba bien era posible esperar porque yo podía también hacerlo. Paseé, relajé mis músculos vaginales, visualicé, hice posturas para ayudar a mi hijo a acercarse a la salida. Decían que yo no podía dilatar, pero logré 4 cm y un cuello súper blandito. Pero el cuarto día estaba cansada, lógicamente, aun así iba a seguir mi lucha por tener un parto vaginal, los médicos me dijeron que empezaba a haber sufrimiento fetal, así que le dije adiós a mi ilusión. Por más que intentaron, por lo blando que tenía el cuello, gracias a la capacidad de relajar mis músculos vaginales adquirida en las clases, ver si era viable el parto vaginal, fue imposible, el niño era grande. Había que hacer una nueva cesárea.
Yo me depilé, me puse mi lavativa, estaba totalmente activa y tranquila hasta que me dijeron de hacerme la cesárea con la epidural. Entonces pensé que no iba a ser capaz de estar consciente durante ese momento, que me pondría nerviosa y entorpecería la operación, dudé de mi de todas las formas posibles. El anestesista me dio fuerzas, y me explicó lo hermoso que sería poder ver nacer a mi hijo, que tanto que había luchado por ello, ahora que me ponían esa posibilidad delante no debía decir que no por no creer en mi misma, que debía hacerlo ya que mi fuerza la había demostrado durante días. Me atreví.
Entre chistes, bromas, me anestesiaron y empezaron.
Yo aguantaba la respiración deseosa de oír a mi hijo y verle, y cuando me notaban tensa volvían a hacerme reír, fueron maravillosos (eran hombres). Y de repente dicen ya le tenemos, yo no sentí más que un pop, el vacío que había hecho su cabeza en el canal de parto, y ya le veía. No lloraba, y claro te asustas. Le llevaron a limpiar corriendo tranquilizándome y diciéndome que todos no lloran nada más nacer, que alguno se libra de ello. A los dos minutos me lo traían mientras me estaban cosiendo.
Cruzaban la habitación llena de luces y sonidos, pero su cabecita estaba girada hacia mi, sus ojos me miraban a mi, y ahora si que lloraba. Le acercaron su carita a la mía, él no dejaba de mirarme, ya no lloraba, y le dije: mi niño, llorando y le besé en la frente. Jamás podré olvidarlo, y cada vez que lo recuerdo lloro porque es una emoción indescriptible e insuperable. Les pedí que me lo pusieran sobre el pecho, sabía lo beneficioso que es que lo hagan, y le dejaron un rato, él buscó mi pecho enseguida, tal y como me habían explicado en las clases y se agarró. En ese momento les dije que no quería que le dieran ni una gota de suero ni biberón de ninguna clase, tomaron nota. También pedí ver mi placenta, pero no me lo permitieron. Eso me molestó ya que, según mi profesora, ver la placenta es algo que necesitamos emocionalmente e inconscientemente las madres, es para cerrar el ciclo del entendimiento de nuestra maternidad, nuestro útero, conocerlo al completo, pero bueno…Todo no podía ser perfecto.
Mi recuperación fue excelente, mi niño nacía el 7 de marzo a las 00:30h, a las 06:00h ya le tenía conmigo en la habitación mamando y ya no me separé más de él. Esa tarde ya estaba paseándome por mi habitación, al día siguiente me levantaba sola de la cama, y al siguiente me daban el alta.

tati adriAl llegar a casa de mis padres lo primero fue ver a mi niña y presentarle a su hermanito, que tomó en brazos y acunó un buen rato. Mientras les mirábamos mi madre me dijo ¿Te quedarás unas semanas no? Le dije que no, estaba tan bien que no necesitaba ayuda. Así que me fui a mi casa con mi marido y mis dos hijos. Mi niña de dos añitos y mi recién nacido. El nacimiento fue una consecuencia normal de mi naturaleza, no un trauma, a pesar de haber sido una cesárea, la segunda. Así que, naturalmente, volví a mi hogar a disfrutar de mi familia igual que naturalmente podía hacerme cargo de ello yo sola.
La recuperación fue perfecta y la Lactancia Materna un éxito, nada como recuperar nuestra animalidad para ser mujeres plenas, y desde entonces cada día busco más mi origen para no perderme entre tanto artificio.

Mayka M.

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