azotes niños

■La investigación muestra que las nalgadas y otras formas de castigo corporal pueden alterar los cerebros de los niños.
■Los estudios señalan que los niños que recibieron nalgadas con regularidad tenían menos materia gris en el cortex prefrontal.
■Estas áreas del cerebro han sido relacionadas a depresión, adicción.

Hay quienes creen que sin el uso de violencia, dar un azote lo es, los niños y niñas dejarán de adaptarse a la sociedad, pero ¿en verdad creemos tan perfecta nuestra actual sociedad? ¿Y no es como es por el uso de la violencia para imponer, y no razonar, nuestra conducta?

En 2012, una encuesta nacional en EEUU mostró que más de la mitad de las mujeres, y tres cuartas partes de los hombres, consideran que un niño a veces necesita unas “buenas nalgadas” o “azotes”. En españa no nos quedamos atrás ¿Tratamos a los niños con la misma humanidad que a los adultos? ¿Tienen menos derechos humanos, menos derecho a un trato digno? ¿Ese es el amor de una sociedad al futuro, a los niños?

La ciencia

Los investigadores dicen el castigo físico altera el cerebro, no sólo en el sentido de “estoy traumatizado”, sino en el de “literalmente tengo menos materia gris en mi cerebro”.

“Exponer a los niños a castigo corporal severo puede tener efectos detrimentales en las trayectorias del desarrollo cerebral”, conluyó un estudio de 2009.

En el estudio, castigo corporal severo se definió como por lo menos una sesión de nalgadas al mes por más de tres años, realizada frecuentemente con objetos como un cinturón o una pala de madera. Los investigadores encontraron que los niños que fueron regularmente golpeados tenían menos materia gris en ciertas áreas del córtex prefrontal que han sido vinculadas a depresión, adicción y otros desórdenes mentales, comentan los autores del estudio.

Los investigadores también encontraron “correlaciones significativas” entre la cantiad de material gris en estas áreas cerebrales y el desempeño de los niños en un test de IQ.

Pero no es el único estudio que apoya estos resultados. Un estudio de 2010 publicado en Pediatrics encontró que las nalgadas frecuentes –más de 2 en el mes previo- cuando el niño tenía 3 años estaban relacionadas con mayor riesgo de niveles de agresión más altos en el niño cuando tuviera 5 años.

Otro, del Journal of Agression, Maltreatment and Trauma, encontró que el castigo corporal administrado por la madre estaba independientemente relacionado con una disminución de las habilidades cognitivas relacionadas con otros niños. El castigo corporal tuvo más efectos en niños de 5 a 9.

Tras los resultados que arrojan los estudios científicos, está el hecho de que el castigo corporal es dañino para los niños, más aún de lo que pueda serlo para los adultos. Esa materia gris que les estamos sacando a golpes es la clave para que su cerebro pueda aprender autocontrol, al margen de ser un acto cruel ¿qué puede doler más que el que te golpee quienes más amas?

“Cuanta más cantidad de materia gris tengas en la parte de tu cerebro que se encarga de tomar decisiones y procesar pensamientos (córtex prefrontal), mayor será tu habilidad para evaluar las recompensas y las consecuencias”, escriben los autores de un estudio de 2011 que se publicó en el Journal of Congitive Neuroscience. La triste ironía es que cuanto más castigas físicamente a tus hijos por su falta de autocontrol, menos lo tienen. Aprenden cómo estar controlado por fuerzas externas (padres, maestros, jefes), pero cuando el jefe no está viendo ¿entonces qué?

Elizabeth Gershoff, profesora asociada en la Universidad de Texas en Austin, ha estado estudiando el castigo corporal por 15 años, y al día de hoy es reconocida como investigadora líder en ese tema en los Estados Unidos. “No hay ningún estudio que yo haya hecho jamás que haya encontrado una consecuencia positiva de las nalgadas” dice Gershoff. “La mayoría de nosotros dejaremos de hacer algo si alguien nos golpea, pero eso no significa que hemos aprendido porque alguien nos golpea, o qué deberíamos hacer en vez de eso, lo cual es el verdadero motivo de la disciplina”.

Inicialmente se creía que las nalgadas estaban, cuando menos, asociadas con la inmediata obediencia de los niños, y que la calidez parental podría amortiguar cualquier efecto negativo ¡Menuda contradicción: amor y violencia juntas! Pero el hallazgo de que las nalgadas producían obediencia “estaba sobre influenciado por un estudio” dice Gershoff; resulta que las nalgadas “no vuelven a tus hijos már obedientes. Tú piensas que sí…Pero no lo hacen.”

¿Con qué se asocian las nalgadas? Agresión, delincuencia, problemas de salud mental. Y con algo llamado “atribución de hostilidad” (“hostile attribution bias”), que provoca que los niños, esencialmente, esperen que las personas sean malos con ellos.

El haber sido golpeado hace que se persiba hostil, vives sobreviviendo no en paz. Los niños acaban viviendo siempre en el límite y listos para regresar a esa hostilidad con la que han ido creciendo. La historia lo demuestra: los golpes hacen real y medible daño al cerebro de nuestros niños.

Y así, dice Gershoff, en 19 estados aún es legal que las escuelas utilicen las palas de madera para hacer obeder a los niños…

“A mi me golpearon y estoy más que bien”, “Yo golpeo a mis hijos y están perfectos”, “A mi dieron azotes y doy las gracias porque así aprendí a obedecer”, eso podrás oírlo muchas veces, pero… ¿Cómo serían sin haber sido golpeados? Eso jamás lo sabrán. De momento, al hacer esas afirmaciones, están legitimando y justificando el uso de la violencia en la infancia, me recuerda a la justificación que históricamente han podido hacer algunos hombres del uso de los golpes sobre su mujer, “Hay que darles una hostia a tiempo”, “Tienen que saber quién lleva los pantalones en casa”, “Aqui mando yo que para eso soy el hombre”, por fortuna hemos cambiado, estamos en ello ¿Para cuando un trato a los niños exactamente igual de humano que el que se tiene con los adultos?

 

 

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