Desde pequeña me dijeron que no podía hacer esto o aquello, que no podía lograr eso o aquello, asumí que no era lo bastante buena para mi capacidad de soñar y asumí esos límites que desde fuera de mi se me aplicaban, ahogué mis sueños y los viví sólo con los ojos cerrados y a escondidas. Creía que no podía, que no llegaba, creí en sus imposibles, y admití ese cajón de madera chiquito como lugar para vivir como mi único posible hogar.
Ahora que soy madre he descubierto que si podía, que si llegaba, que nada es imposible si confías en ti y en el resto. He roto esa caja, con ella he realizado una hoguera donde arden sus/mis límites, sus/mis inseguridades, sus/mis prejuicios. He puesto a calentar todos mis sueños para que empiecen a danzar alrededor de ese fuego, que hagan de nuevo ejercicio, bailoteen, tomen fuerza y echen a volar tan alto como quieran, que yo, voy a intentar perseguirlos.
Y toda esa fuerza me la han dado sus miradas, en los ojos de mis hijos no tengo limitaciones, siempre me muestran confianza ciega, siempre me ven capaz, siempre me hacen creer que puedo lograrlo y que si no, ahí, junto a mi seguirán. No me exigen, no me condicionan, no intentan reprimir mis lágrimas, me dejan fluir, ellos me acompañan con amor sincero, el que no te pide, el que no moldea, el de verdad. Ellos me han enseñado a creer, en mi y en la posibilidad de cambiar de la humanidad. ¿Cómo no voy a responderles de igual forma a ellos? Gracias a ellos he aprendido a amar de verdad.
Me han devuelto la niñez y la libertad que me fueron robadas. Cuando creas que te has perdido, mira a los ojos de un niño, por eso hay que respetarles tanto, no es que la humanidad se acabe sin ellos por el número, se acaba sin su pureza, su amor y su sinceridad incondicionales, por eso hay que respetarlos y dejarnos guiar por ellos. Pueden nacer muchos niños en el mundo, pero si les matamos interiormente, habremos acabado con la humanidad…

Mayka Martín

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