Dicen que los niños de hoy en día son unos mimados, que nunca antes se le había consentido tanto a los niños/as, pero evidentemente no es cierto.

Hace dos mil años los niños eran tratados de manera más amorosa

Es lo que asegura, y con toda la razón el pediatra Carlos González, que opina que los padres en la actualidad tienen menos paciencia para tolerar conductas que son totalmente normales en los niños.
En las novelas de literatura inglesa del siglo XIX puede observarse que “si el chico hacía algo que no estaba bien se lo perdonaba y no existía el castigo por sus malos actos, como hoy recomiendan hacer todos los libros para padres y profesionales”, afirma Carlos González.
El pediatra asegura estar cansado de que se “intente hacer creer que los niños hoy día están muy mimados y consentidos”. “Nos quieren hacer creer que antes sí había normas y límites. Los niños de ahora, triste es decirlo, son los menos mimados de la historia de la humanidad”, asegura.
“Sí es verdad que los adolescentes de ahora tienen más cosas materiales”, insistió pero “los niños de dos o tres años no piden eso, sólo quieren el cariño de la madre”.
A través de su análisis de la literatura inglesa del siglo XIX, el pediatra ve que “no es cierto que antes se trataba a los niños con dureza, normas y castigos”. “Ya en antiguas novelas vemos que un niño quiere dormir en los brazos de su mamá, su madre lo es todo, su patria, su bandera y su paraíso”, enfatizó.
González resume así la parábola del Hijo Pródigo, que se encuentra en el Evangelio: “El hijo pródigo tenía un papá rico, sirvientes y rebaños, pero su padre le pedía que cuide a las ovejas. Al llegar a cierta edad, el chico quiso divertirse y no cuidar más ovejas entonces le pidió el dinero que le correspondía por su herencia y se lo gastó en mujeres y vino. Al tiempo se quedó sin dinero, sin vino ni mujeres y, claro, sin amigos. El hijo pródigo se encontró comiendo desperdicios y volvió a la casa de su padre, le pidió que lo acoja como sirviente para tener comida y un lugar donde dormir. O sea, no por estar arrepentido, sino por mero interés”. Y tras preguntarse ¿qué debería hacer un padre cuando su hijo se comportó de esa manera?, analizó las posibles opciones. “Debería dejarle las cosas claras o darle un castigo ejemplar, también podría ponerlo en la silla de pensar para que recapacite sobre lo que hizo o bien podría darle un sermón. Sin embargo, lo abrazó, pidió a sus sirvientes que le den de comer y que hagan una fiesta porque su hijo perdido fue encontrado”, considera Carlos González que la parábola es una forma de mostrar lo que pasaba en esa época.
“Así un padre trataba a sus hijos hace dos mil años, mientras que en los libros modernos nunca vamos a leer que se recomiende a mamás o profesionales perdonar a sus hijos. Sólo leo sobre venganza o, en el mejor de los casos, modificación de conducta. En algunos libros incluso recomiendan que se le pegue una bofetada porque es muy educativa, y en otros, un poco más civilizados, recomiendan ponerlo en el sillón de pensar. Pero en ningún momento nos dicen que los podemos perdonar y ya está”, reflexiona González.
Sobre los padres actuales y los de hace años, “algunas diferencias son (o deberían ser) muy positivas: los padres tienen ahora más cultura, más medios económicos para atender a sus hijos, emplean menos la violencia. Pero, por otra parte, los niños de ahora pasan más tiempo separados de sus padres durante los primeros años que nunca antes en la historia de la humanidad, empiezan más pronto la escuela, tienen menos tiempo de juego libre y de ejercicio físico”.
“Noto que muchos padres, que, simplificando excesivamente datos científicos leídos superficialmente y mal comprendidos adoptan la idea de que poco menos que si coge a su hijo en brazos será delincuente juvenil”, advierte el pediatra, que destaca: “Por una parte, varios estudios serios en España muestran que en nuestra sociedad (como en muchas otras) los padres indulgentes obtienen mejores resultados que los autoritarios. Y, sobre todo, en los estudios originales norteamericanos en los que ser permisivo daba peores resultados, las diferencias en todo caso eran pequeñas, y el ser ‘permisivo’ nada tenía que ver con coger a los niños en brazos o dejarlos llorar”.
Sobre qué plan B aplicaría él para reemplazar al criticado sistema de premios y castigos remarcó: “No hace falta plan B. No necesitamos un plan de incentivos o un código penal doméstico para controlar a nuestros hijos, lo mismo que no necesitamos premiar o castigar a nuestro marido o nuestra esposa. Las cosas, simplemente, se dicen”.

Anuncios