Yo siempre he pensado -incluso cuando ya era un buen estudiante- que la escuela convencional es una gran pérdida de tiempo. Si me paro a pensar, la mayor parte de las cosas que sé las he aprendido yo solo, fuera del colegio. Al margen de las operaciones matemáticas básicas y de leer y escribir, no recuerdo nada de lo que me enseñaron ahí. No recuerdo ni un maldito río, ni cómo hacer raíces cuadradas, ni las partes de una flor…
¡Once años seguidos de escolarización! ¡Seis o siete horas diarias de estudio! ¿Para arrojar este triste resultado? ¿no es esto uno de los mayores fracasos de la historia de la humanidad?…
Y es que el problema de nuestras escuelas es que existe la obligatoriedad de estudiar y eso mata la curiosidad, que es la verdadera madre del aprendizaje. Los padres y profesores no confían en los niños, en sus ganas de hacer las cosas bien, de aprender, de hacer cosas bellas, y tienen un temor irracional de que los niños crezcan sin los conocimientos necesarios para competir en el mundo adulto.
Al final, las escuelas son lugares donde básicamente se enseña a temer a la vida y a los demás. No es de extrañar que los jóvenes más atrevidos se rebelen y se pongan en contra de esta sociedad del miedo. Los niños que pasan por el aro, aprenden a mentir, a “competir” en vez de compartir, y a temer a los demás y a la vida. ¡Y todo ello para aprender las cuatro reglas de la escritura y las matemáticas más básicas! ¡Vaya negocio!
El secreto es la libertad. El aprendizaje, para ser profundo y duradero, debe ser voluntario; nunca se debe forzar u obligar a un niño.
Toda adquisición duradera y valiosa tiene que ser fruto del interés, la curiosidad, la diversión y el mérito. Todo lo demás es una enorme pérdida de tiempo y energía: es mala educación.

Texto: Rafael Santandreu, en “Las Gafas de la Felicidad”

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