Una de las mayores ilusiones de los niños y niñas pequeños es el poder realizar las tareas de los adultos, pero éstos no suelen llegan a ver cumplido ese sueño ya que cualquier trabajo que le es permitido hacer es un trabajo menor, poco importante, lo fácil y suele ser vigilado y supervisado muy de cerca, algo que le resta autonomía, que no produce el efecto beneficioso que debiera en su desarrollo.

Los adultos debemos colaborar y evitar esta frustración
Hace 100 años los niños y niñas colaboraban como uno más en las actividades de casa, algunos en el campo, tienda de barrio, etc, en ellos me incluyo. No, no era explotación, la familia unida realizaba tareas, las más pesadas, y por obligación, las hacían los mayores, nosotros las hacíamos por imitación, para sentirnos útiles, participativos, parte de un todo, no nos obligaban, y si nos cansábamos nos decían que descansáramos, incluso nos lo decían antes de habernos cansado. Ahora todo eso no existe salvo en poblaciones muy reducidas, los niños han sido desconectados de la actividad adulta, la desconocen, incluso les vetan o estorban. Muchos niños no han visto jamás qué trabajo hace su madre o padre fuera de casa, muchos no recogen su plato de la mesa pero luego se pretende que con 12 años lo haga…La adaptación a la normalidad de casa, a la colaboración debe ser algo gradual y natural.

Al no poder trabajar con los adultos, el niño imita lo poco que ve, lo primero son esas actividades cotidianas; por eso en los juegos de imitación, que son más frecuentes entre los tres y los siete años, las escenas imitadas son escenas de la vida adulta pero los niños que ven el trabajo en otros ámbitos de sus padres también los imitan. Ofrecerles una copia insípida del mundo, limitada y supervisada, de los adultos es reducir sus modelos.
Mis hijos han visto mi trabajo en el ordenador, les he sentado junto a mi, explicado cómo y qué hago, me han visto vendiendo libros, comprándolos, ordenándolos, haciendo paquetes para los envíos etc es curioso como en sus juegos también reproducen esos trabajos, juegan a venderse libros, incluso los clasifican como mejores o peores, ponen distintos precios, los colocan tal y como yo los coloco cuando pongo un stand, y cuando les veo puedo verme en mis defectos y virtudes, sin duda me ayudan a ver errores y actitudes que a mi misma me pasan desapercibidas. Mis hijos no se limitan a imitar si cocino, si lavo, friego, va más allá.

El niño busca el contacto con los adultos, les cuesta mucho menos aceptarlos en sus juegos a ellos que a otro niño desconocido, de hecho lo reclama y llama su atención. Los niños no comprenden que el mundo del adulto es distinto al suyo, no entienden cuando el adulto parece tener cosas más importantes que hacer que jugar con él, le parece que el adulto no es más que un niño grande, y nosotros hemos olvidado a ese niño o niña que nos late dentro y que necesita salir. ¿Sabéis lo bien que te sientes jugando una sola hora la día igual que un niño? Me río de las sesiones de terapia, ninguna terapia es mejor que la de jugar con un niño como un niño. Y es que ellos si que saben qué es prioritario en la vida.

Hacia los 6 o 7 años, los niños que no han sido acompañados empiezan a reírse menos y sus ojos, su rostro, empieza a parecerse en demasía al del adulto “ocupado”, producto de la frustración de un mundo adulto que le ignora, que le cierra puertas, que le roba la capacidad de asombro, que considera tonterías o perdidas de tiempo el ser feliz, compartir, amar, adultos que siempre tenían algo más importante que hacer que estar con ellos y que ha sido su “modelo” a seguir. Algunos niños y niñas tienen esa tristeza incluso antes de los 6/7 años ¿a que has podido verlo alguna vez?

Las imitaciones del adulto pueden ser reemplazadas por imitaciones de perro, osos, trenes, coches, etc. Más tarde reemplazar los juegos de imitación por juegos especiales en los que tratan de reemplazar al padre por el hermano mayor, o buscan juegos que se asemejen a los de los mayores, juegos donde se inventan historietas con relación a héroes, dibujos, cuentos y monstruos representando un papel en ese mundo imaginario. Comienza también el lenguaje secreto, se construyen un mundo aparte, una cueva secreta, una casita en un árbol, un rincón del armario de casa donde nadie puede encontrarle…Estos juegos son positivos, el lenguaje es suyo, no ha intervenido el adulto, igual que el lugar secreto, o la historia que escenifica, es un triunfo sobre el adulto, se reafirma su personalidad. Lo negativo es que es una vía de escape, una huida a una realidad que no les gusta.
Después de los 6 o 7 años, el Yo del niño y niña se afirma de otro modo, en una serie de juegos más extensos.

El juego infunde valores, moral, solidaridad, independencia, cultura, compañerismo, sentimiento, capacidad, jugar no es una actividad menor, es una actividad que incluso los adultos debiéramos desatrofiar dentro de nosotros mismos, liberarnos un poco de esos límites que nos impusieron, de esos “no” que recibimos, de esas barreras, impedimentos, de esas soledades, quizá siendo padres liberados podamos criar libremente.

Mayka Martín

Anuncios