El embarazo, el parto, la crianza, nos enfrenta a nuestras fortalezas y debilidades. De golpe nos encontramos con lo que hemos sanado y con lo que nos falta por sanar. Nos encontramos de frente con heridas invisibles, heridas de las que no somos conscientes, y lo vemos justo en el momento en el que llega la hora de ser madre.
El hombre también sufre una revolución, quizá menos brusca, y sólo psicológica, no física, pero la siente. También se revitalizan sus heridas, sus fortalezas, sus miedos, sobreviene a su presente la indefensión de la infancia, cuando la sociedad que le rodea no le permite ya ser tan consciente de sus sensibilidades, porque le toca ser el fuerte, el feudo protector…
Cada embarazo, cada parto es una parte de la sanación y crecimiento de la mujer, del conocimiento personal y emocional. Cada nacimiento es un re-nacimiento de la madre, es una nueva posibilidad de ser y asumir el actual SER, y de revivir a la niña que te llama cuando te toca maternar.
La niña le hace un pulso a la mujer, somos cíclicas, y cíclico es nuestro desarrollo. Como el orden natural nuestro ser avanza abrazando lo pasado, presente y futuro. En esa puja muchas veces la niña gana, quizá debería ser la vencedora siempre, porque es cuando toda la represión, todas las lágrimas a solas, toda esa impotencia porque no te sabían o querían escuchar, todos esos “no tengo tiempo ahora” pueden ser recuperados. Criar con respeto, con amor incondicional, nos ofrece, a hombres y mujeres, la oportunidad de sanar, de darnos al completo perdiendo los miedos creados mientras sobrevivíamos en un mundo violento. Nacemos para ser amados, no juzgados y encarrilados.
No debemos temer el darnos a nuestros hijos, temer equivocarnos, temer no hacerlo bien, temer, temer ¿amar es temer? Cuando en el amor se tiene miedo, no se está amando. Ese temor que albergamos es producto de una infancia de temores ¿lo haré bien? ¿Mis padres lo aprobarán? ¿Haré lo que esperan de mi? ¿Me siguen queriendo aunque haya hecho esto? ¿Porqué no me escucha cuando está viendo la TV/periodico? ¿No soy lo que desea? ¿Es mejor mi hermano que yo?…El temor a no cumplir las expectativas de un adulto que nos exige, que nos pone límites y metas…Este lastre lo arrastramos a lo largo de toda nuestra vida, en cada faceta que desarrollemos, y el temor no nos deja SER al completo.
¿Cómo equivocarnos como PaMadres si amamos y respetamos a nuestros hijos a la par? Cuando respetamos la individualidad, la identidad de nuestros hijos estamos respetando a ese niño que fuimos. El amor implica la justa protección, el amor posesivo sobreprotege, el respetuoso jamás somete. Vamos viendo ese niño o niña nuestro, oculto bajo capas de convencionalismos, normas, reglas, leyes, dogmas y moralidades que gritaba por salir, a través de la liberación de nuestros propios hijos. No podemos permitir que a ellos también los sepulten como hicieron con nosotros. En las libertades de nuestros hijos, criados con respeto, con apego seguro, veremos matices de nuestro carácter, de nuestra esencia que latían dormidos, asustados, que temían ser para no ofender…y que nos enriquecerá y completará finalmente si sabemos liberar a nuestro “niñx”.
Al padre le ocurre igual, no es sólo la catarsis de la hembra, el hombre precisa de esa liberación de su niño en el mismo grado que nosotras. Papá también debe sanar, liberar ese cariño reprimido, esa sonrisa presa de la mueca de la tensión propia del que se cree el responsable, la autoridad, que sin comerlo ni beberlo le tocó por ser hombre. Hay que sacar a la superficie ese niño que abrazaba, que besaba, que se disfrazaba sin miedo al juicio, ese niño que buscaba el chiste de si mismo, ese niño que buscaba el regazo, que pedía ayuda porque ser el mejor no era su juego, ese niño que tenía hambre de felicidad y no de poder o posición.
Cada embarazo, parto y crianza es un espejo de la forma en que vas planteándote la vida, tu maduración llega con la recuperación de esa niña/niño.
Si tienes varios hijos piensa en cada uno de tus momentos, qué saco de ti cada hijo, verás que ese crecimiento llegó con un mayor conocimiento del “niñx” que te latía dentro. ¿Cuántos recuerdos emergen en la crianza de nuestros hijos de nuestra propia infancia?
Hay quienes creen que tener hijos limita, que se cierran las puertas, quizás no supieron reconocer a ese niñx que espera, que sueña con recuperarse, quizá no alcancen a ver que cada beso dado a un hijo, es la recuperación de un beso añorado, que cada grito que no escuchan nuestros hijos es uno que se nos borra de la memoria, que cada abrazo es un abrazo que nos estamos dando en tiempo pasado, cuando nadie quiso dárnoslo…
The Family by Gustav KlimtPiensan tantos revolucionarios en cómo cambiar el mundo, y todo está ahí, en el principio, en la forma de empezar nuestros propios pasos, y por supuesto cuando somos responsables de los primeros pasos de otros, incluso antes, puesto que todos los mundos los contiene el vientre de una madre.
Cuanto más te entregues en la crianza mayor fortaleza hallará tu hijx en si mismx, y tú, en ti mismx…

Mayka Martín

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