“El niño en ningún momento es escuchado, preguntado, y es tratado como algo inerte, tal como sucede en los hogares y sociedad, mientras los mayores entablan una lucha de poderes para ver quien consigue del niño lo que desea ¿y quien escucha al niño?”

Como lo prometido es deuda, os acerco el significativo corto, que David Sánchez Ruiz, Coach en Terapia Sistémica y PNL, proyectó a los asistentes de la charla, que impartió en las II Jornadas de Embarazo, Lactancia y Crianza Respetuosa, celebradas en Tarragona, el pasado fin de semana. Intentaré explicaros el significado del mismo, aunque a muchos/as no os hará falta seguro. ¿Por qué veo positivo compartirlo?, porque en algo más de 6 minutos, es posible ver la influencia que tenemos sobre la infancia, y lo inmersos que estamos los adultos en nosotros mismos, quedando ciegos para todo lo demás.

La luna (The moon)

La historia empieza con sus tres protagonistas, un niño y dos adultos, que bien parecieran el padre del niño y el abuelo.

Reman en mitad de la noche, mientras el niño, maravillado, observa el mar y los efectos del movimiento de los remos en el agua, esa capacidad con la que los niños ven magia en todo, y que de adultos, pocos son quienes la mantienen.

la luna pixar

Paran de remar, y con cariño el abuelo le da un obsequio al nieto, el padre, con brusquedad, le hace una señal para que lo abra. Sin duda esa frialdad del padre, es el fiel reflejo de un niño atrapado, un niño al que le reprocharon expresarse, llorar, reír, cuando veas a un adulto al que le cuesta expresar emociones, sin duda estarás frente a alguien a quien le reprimieron lo mejor de su infancia.

El obsequio es una gorra, gorra que lleva el abuelo y el padre, la herencia, la búsqueda del adulto de verse reflejado en su hijo o mejor dicho, que el hijo sea su reflejo, y no él mismo. Al colocarse la gorra, empieza el manejo de los mayores. El abuelo le coloca la gorra para un lado, el padre para otro, son los tiras y aflojas de cada generación, de lo que el niño encuentra en el mundo que le acoge, un mundo que no suele respetarle como ser único. El niño en ningún momento es escuchado, preguntado, y es tratado como algo inerte, tal como sucede en los hogares y sociedad, mientras los mayores entablan una lucha de poderes para ver quien consigue del niño lo que desea ¿y quien escucha al niño?

Se paran a esperar, y el pequeño empieza a imitar los gestos que ambos adultos van realizando en esa espera. Así es, los niños buscan con avidez imitar a los adultos, para sentir que le aceptamos, sobre todo, entienden que así nos hacen felices, solemos hacerles más caso si nos vemos reflejados en sus gestos, de hecho lo celebramos ¿verdad?: ¡Mira, lo hace como papá! ¡Mira, igualito que mamá!…Los niños no tienen más objetivo al nacer que amar y ser amados, y ese deseo continúa, por eso debemos cuidar tanto qué ejemplo damos y también de no condicionar sus actos, hay que observarles sin intervenir, como se hace con una flor silvestre.

Sale por afín la luna, y el niño la observa maravillado. Con desapego al espectáculo que se presenta ante ellos, el padre saca el ancla. Cuando el niño va a lanzarla al mar, el abuelo le hace un gesto para que no lo haga, y es que el padre, está sacando una larga escalera de un compartimiento del bote. La escalera llega…¡a la luna!.

Indican al niño que suba por las escaleras, quizá porque sólo los niños tienen la capacidad de soñar y de llegar hasta el astro rey nocturno, para así echar el ancla en su brillante superficie y acceder a la misma los adultos.

La Luna pixar

Cuando aterriza entre brillantes estrellas, el niño, empieza a observar inquieto de aquí, para allá, todo lo nuevo que le ofrece ese nuevo “mundo”, tal como hacen todos los niños ¿verdad? Pero los adultos le gritan para que encaje el ancla en uno de los cráteres, y así poder acceder ellos, a la luna.

Los niños tienen una maravillosa capacidad de asombro, de curiosidad, ello les lleva a ver más allá de lo que nunca podrá observar el adulto, por eso es tan erróneo conducirles, porque son ellos quienes tienen la llave del futuro, de los avances, de la creatividad, ellos son el verdadero motor de una sana humanidad, ellos, con su búsqueda en lo simple, lo natural, tienen la llave a la solución de cualquier problema que se pueda presentar, ellos saben gestionar distintas opciones incluso antes que la mente del adulto ¿Has probado en dejar a un niño buscar la solución a un problema? Por ejemplo, acceder a una cosa fuera de su alcance, observa y verás qué rápido encuentra la manera.

Los adultos vamos a lo nuestro, a lo mecánico, a la costumbre, y esperamos que el niño aprenda esa mecánica, esas costumbres, sin permitirle a él que aporte, castrando su creatividad.

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Un ejemplo de esto que os cuento, es cuando el niño quiere hacer lo mismo que los mayores, y al buscar su propia herramienta para barrer estrellas, como hacen ellos, el padre le corrige y le impone la suya y a su manera. Luego viene el abuelo que pretende que el niño use la suya, y a su manera, el niño vuelve a no ser escuchado, tomado en cuenta, y es espectador de la disputa de los adultos sin saber qué hacer, anulado ¿qué ejemplo debe seguir? ¿El de la imposición, la disputa ante la diferencia, la discrepancia? Por más que el pequeño intenta llamarles la atención ofreciéndoles sus instrumentos de trabajo, nadie le hace caso, los adultos nos abstraemos en nuestras luchas, en nuestros egos, apartamos a los hijos, creamos un abismo…el mismo abismo que se ve que existe entre el padre y el abuelo, conductas que se heredan mediante crianzas no respetuosas que se repiten.

Ante un hecho inesperado, el adulto se asusta, su rigidez no le permite analizar como es debido los cambios, qué solución aplicar, pero la flexibilidad de la mente del niño si que es capaz, porque es plástica, está viva, y la de la mayoría de los adultos no. Si nos paramos a observarlos, a escucharlos, sin duda hallaremos soluciones sencillas, respetuosas, hermosas, ellos son la puerta del saber, si sabemos mantenerla abierta.

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Por más que los adultos buscaban con brusquedad, con su rigidez, con su orden establecido, con sus peleas, solucionar el problema, no lo consiguen, y va el pequeño y con un simple golpe de martillo ¡pin! Porque él ha sabido observar desde la tranquilidad y la plasticidad. Me gusta el gesto decidido previo a subir a la gran estrella, cuando se gira la gorra a su manera, es como un gesto de reafirmación, como una señal de: ahora soy yo, no vuestro espejo…Un niño respetado, que es libre, al que se le deja ser él mismo, es la mayor maravilla, como maravillados se quedan el abuelo y el padre, al ver lo que consigue el pequeño.

Luego pasan a cooperar juntos, cada cual con su instrumento para “barrer” estrellas, en paz, y eso hace feliz al niño, porque eso precisamente es lo que necesitan los niños, adultos tranquilos, serenos, que les permitan ser, que los acompañen, no que les dirijan como si fueran marionetas.

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Al final, si os fijáis, el niño sigue con su particular forma de llevar su gorra, nada tiene que ver con la forma de lucirla su padre o abuelo, tiene su estilo propio, y los tres observan orgullosos lo que han sido capaces de conseguir JUNTOS.

Espero que os haga reflexionar, y que ahondéis interiormente en su mensaje, tal como me hizo a mi misma. Muchos portamos heridas, imposiciones, anulaciones, sobre nuestra propia personalidad, es importante trabajarlo para que nuestros hijos no lo hereden. Para criar con respeto, debemos de liberar y respetar a nuestro propio niño interior, a ese mismo le mando un fuerte abrazo que seguro que es, quien me está leyendo.

Mayka Martín

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