Hay muchas mujeres que se despiertan varias veces en la noche para amamantar a sus hijos, muchas incluso duermen con ellos. Muchas de ellas se levantan muy temprano, normalmente no ha salido el sol, amamantan a su hijo, desayunan, y supervisan haber dejado las suficientes tomas de su leche preparadas para su ausencia; y con todo el dolor del mundo, le dejan con un familiar o con personas que le cuidan mientras ella cumple con un horario de trabajo que se le hace interminable porque cada minuto lejos de su hijo les encogen las entrañas y el dolor en el pecho, porque no puede amamantarlo, porque parecen llamarlo, querer tenerlo en sus brazos, le recuerda que le tiene lejos y el instinto maternal hace estragos en su ánimo, pero ella sigue peleando, vistiendo sonrisas de cartón, porque no puede permitirse dejar de ingresar su sueldo a casa, puede que incluso viva sola su maternidad.

Esas madres, en cada descanso del trabajo, se encierran en un baño, junto a un sacaleches que sustituye a su querido hijo, lo mira mientras le succiona los pechos y le caen lágrimas ¿es esto justo? Te sientes saqueada, violada, esto me hace sentir mal. Pero a pesar de que todo lo que le rodea parece luchar en contra de su deseo de estar junto a su hijo, al menos, así, le garantizará la protección que ofrece el mejor alimento, no romperá totalmente el vínculo sagrado que toda madre tiene con su hijo porque el mercado de trabajo se lo exige. Esa madre ¡tantas madres! luchan contra viento y marea, de forma anónima, nadie habla de ellas, pero son unas heroínas que se enfrentan a la maquinaria productora de capital, a un sistema enemigo del instinto femenino maternal, enemigo de las necesidades emocionales y físicas de los niños y niñas, de la humanidad, pero ellas siguen ahí, día tras día, toma tras toma, sacándose la leche en cada descanso, con los pezones doloridos porque esa máquina no succiona con el amor de un hijo, contando el tiempo que resta para volver a reencontrarse con el único y verdadero amor de su vida.

Cuando toca volver a casa, es la primera en salir, no por vaga, sino porque está loca por reunirse con alguien para quien su contacto es vital: su hijo o hija. Y llegan exhaustas del trabajo, y con un poder sobrehumano, aun tiene la mejor sonrisa para ese corazoncito que se ha acelerado al sentirla cerca. Y le toma en brazos como la primera vez que puedo hacerlo, y se sienta con cuidado en un lugar cómodo y saluda con susurros, y le ofrece a su bebé eso que no es sólo nutrientes, eso que es un te quiero que puede tocarse, palparse y hasta es capaz de alimentarte. Y ese bebé recupera su mundo, porque lo que no entiende el mundo adulto, es que el seno materno es el mundo del niño y cada vez que les separamos les dejamos perdidos en una suerte de vacío, suspendidos, aterrados ¿volverá mama?

Esa madre dará más veces el pecho a su hijo antes de dormir, dejará preparadas las tomas, realizará tareas en casa, y jugará con su bebé, dormirán, despertará varias veces, y a la mañana siguiente se volverá a levantar para ir al trabajo. Muchos le han dicho ¡dale biberón! ¡se crían igual! Mira yo, no he tomado teta y estoy muy sano. ¡Ya has cumplido! Con tres meses o seis, van sobrados. Esa madre ha escuchado muchas cosas, pero hay una voz que se pone por encima de todas: la de su instinto, y la de su bebe, cuando le abraza el seno mientras succiona, cuando le mira ¡se miran!, a los ojos enamorados el uno del otro ¿ya he tenido bastante de ello? ¿Esto me basta, nos basta, con 3 ó 6 meses? Claro que no, piensa esa madre, ojalá nunca se acabase.

Y miles de madres hacen esto y lo sufren día tras día, mientras nadie les reconoce nada, tampoco buscan que alguien les ponga una medalla, si acaso la de una salud de 10 para sus hijos y un apego seguro, nada más quieren. Esta sociedad, que nos pone como ejemplos de mujeres empoderadas, fuertes, admirables, a las que ceden sus derechos maternales por las exigencias del mercado, esas jamás serán empoderadas porque el sistema las controlan hasta el mismo útero. Jamás serán fuertes porque se han puesto de rodillas ante los que se creen dueños de nuestras vidas y han cedido el fruto de sus vientres al sistema que las oprime. No, no son admirables, porque no se admira al esclavo, se admira a la que lucha, a la que se revela, a la que se enfrenta, a la que no cede, a la que no permite que le roben nada a ella o a su hijo. Hay muchas más heroínas que héroes, quizá en cada calle, quizá sea tu propia madre. No, nadie pide ponerle el nombre de ellas a una calle, por fortuna si que su nombre latirá para siempre en el corazón de sus hijos, y no hay mejor reino sin duda alguna. Hoy en día vivir una maternidad consciente es un acto de heroicidad ¿sabemos a quienes le hemos ganado la batalla? ¡Sigamos así! Un día los (pa)madres concientes tendremos el poder en nuestras manos.

Mayka Martín

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