Hermoso es un vientre real, una mujer valiente que lo muestra al mundo. Es muy fácil mostrar lo que sabes que va a ser admirado, aceptado, es una heroicidad enfrentar desafiantes lo que sabes que no cumple la norma, lo que va a ser criticado. Pero eres tú, es parte de ti ¿debes ocultarlo, avergonzarte, negarlo?
Hermoso es no maquillarlo, disimularlo, camuflarlo como queriendo esconder las huellas de lo más valioso de tu vida, como avergonzándote de esos 9 meses de espera y divino trabajo, esos meses en los que te diste por completo, desde dentro, con miedo, con júbilo, con generosidad, hacia fuera… hacia la vida, hacia el mundo.
Hermoso es la piel que se estiró más allá de lo que podía, para dar cabida a la vida, al amor, la estría es la huella, son las pruebas de tu generosidad. Hay quienes gastan lo que no tienen en cremas, deseando que no lleguen, y aunque te escondas bajo 3 capas de aceite de almendra, hay veces que salen ¿y qué le haces? ¿Te niegas? Y si resulta que no aparece ninguna estría ¿acusarás al resto de mujeres, que si las tienen, de ser menos perfectas que tú, menos disciplinadas, menos ideales del modelo actual de mujer? ¿Cumplir con sus leyes estéticas debe ser nuestro deber? No, no nos refugiamos en nuestra pereza, lo que da pereza escuchar -sobre todo en boca de otras mujeres- frases que bien pueden salir del último anuncio de una marca de cosméticos, porque sus exigencias, son su negocio, nuestro asumir sus cánones de belleza, es su poder su riqueza. El día en el que las mujeres aprendamos a amarnos tal como somos quebrarán cientos de empresas… ¿Quién dice que debo ser feliz con las medidas estéticas que ellos dictaminan? ¿Quiénes son ellos y ellas para gobernar mi vida? No, no les daré el poder, porque es mi cuerpo, son mis normas, es MI libertad de ser y estar en el mundo.
Hermoso es encontrar quien no critica a la valiente que se muestra tal y como es, es no marcar como defectuoso su cuerpo, señalar como imperfecta a quien ha demostrado ser tan perfecta que nada le importó darse hasta romperse y desafiar la norma que tú, como perro guardián, defiendes. ¿Sabes qué? No defiendes tu físico “perfecto”, defiendes los intereses de un mercado que cada siglo o cada temporada vende un nuevo modelo de perfección, modelos, siempre alejados de la maternidad, de sus huellas. Modelos incompatibles con puerperios, con postpartos reales, modelos que torturan a muchas hasta enfrentarlas a sus propios hijos, incluso culpándolos cuando dicen: Tener a mi hijo me hizo perder mi cuerpo perfecto… ¿Y qué siente tu hijo? ¿Que dañó a su madre y que la hizo infeliz la estancia en su útero…?
Es hermosa la huella del amor, es hermosa cualquier huella, cualquier curva, o los huesos marcados, mujeres muy delgadas que también son expulsadas de esa perfección… es hermoso tu vello corporal, tus canas, tus pechos caídos que miran a la tierra que te dará tu último abrazo, a la que pertenecemos todos, Ella no pensará que eres imperfecta porque eres su hija, y porque las madres amamos sin condiciones ¿por qué no eres capaz de amarte como debió, quizá, hacerlo tu propia madre? ¿Cuántas veces escuchaste a la mujer que te parió decir: qué hermosa soy, me gusta mi cuerpo, me gusto, me respeto…? No querernos es una mala herencia, un mal aprendizaje que debemos eliminar de nuestro presente para que no exista en el futuro.
Es hermoso pensar que un día habrá muchos más ojos que sepan atravesar la piel, que sepan romper la norma, que rompan con las leyes del mercado de la mujer perfecta, que sean capaces de abolir la dictadura de los moldes, de las hermosuras embotelladas, precintadas y debidamente marcadas… Quizá un día el deporte sea para mantenerse sano y no para domesticar y moderar nuestro físico a gusto del consumidor o del vendedor…
Es hermoso mirarnos desde dentro, pues solo así seremos hermosamente libres, y esa, esa será UNA LECCIÓN VITAL A TRANSMITIR A NUESTROS HIJOS E HIJAS: que sepan mirarse con los ojos el corazón, y para eso, primero, debes aprender tú misma a hacerlo.

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NOTA SOBRE FOTOGRAFIA: Así quedaban nuestros vientres con las cesáreas de antes, partidos en dos, las 3 que he tenido que vivir yo. Tener 21 años (fue mi 1º cesárea) y este vientre fue duro, sobre todo cuando eras tremendamente presumida, cuando habías hecho ejercicio toda la vida (desde los 5 años). Ponerte algo corto y que te miren mal, incluso con asco o escuches: mira esa, ha parido, que tripa tan fea tiene… de un grupo de hombres en el metro. Y aguantar y llegar a casa, y romper a llorar, y cubrirte para siempre…

La tripa te queda dividida en dos, da igual que te machaques en gimnasio, siempre queda en dos… no vuelve el vientre a ser firme porque te han roto tejidos precisos para ello. Salieron estrías en el último mes de mi primer embarazo, por mucho que me cuidé. está mal cosida, mal hecha la operación porque tenían prisa, me estaba dado un infarto. Me cosieron como si yo hubiera sido una muñeca de trapo sin unos sentimientos posteriores que sobrellevar. Me ha costado años, muchos, aceptarme. He pasado muchos años tapando mi tripa, siendo incluso un problema en mis relaciones de pareja, sexuales, pero eso se acabó: AQUÍ ESTOY YO, Y ESTA SOY YO, con vuestra violencia obstétrica si, pero con mis ovarios de amarme a pesar de vosotros y de cualquier juicio. Y ya no me escondo, no lo hago porque es la mejor lección que puedo dar a mis hijos, el mejor ejemplo: Mamá ama la huella que dejamos en ella, la ama tanto, nos ama tanto, que incluso ha aprendido a soportar la que le dejaron unos malos “médicos”.

Y lucho porque ninguna mujer más se niegue, o se ame poco o quizá nada, y porque la violencia obstétrica un día deje de ser presente para quedar en tiempo pasado para siempre. La violencia obstétrica y la violencia cultural de los ojos que nos condenan de uno u otro modo. No quiero que mis hijas tengan que tener 45 años para aprender a amarse sin condiciones.

Mayka Martín

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