Hace 24 años me hiciste Madre, siempre lo digo: es el mejor de lo logros y títulos del mundo par mi. Da igual lo que tenga hoy, o lo que me pueda dar el paso de los años, para mí, y cada cual es como es. Ser Madre es lo más grande, no hay nada comparable a traer una vida al mundo, es lo más cercano a ser una diosa pero sin sus egos, con entrega, con desapego a ti misma, con generosidad, algo de lo que todo dios carece, para mí, claro, y con todos mis respetos a lo que crean otrxs.

Hace 24 años, a las 12:28 minutos de la mañana te sacaban de dentro de mí, con urgencia por su incompetencia y prisas, tras 15 horas de oxitocina sintética, marcando mi cuerpo por primera vez, una cesárea como tantas: innecesaria, con mi corazón fallando porque la anestesia no había hecho efecto aún y cortaban mi cuerpo, capa a capa… atada, asustada por ti, yo daba igual, ya había vivido 21 años, te tocaba a ti mi niña… Intentaba hablar, la mascarilla no me dejaba y… me dormí.

Al despertar no estabas, me decían que estabas bien, pero no estabas, y ese vacío… mi vientre vacío, quería llevar mi mano a él, tocarte como cuando te llevaba dentro, pero no podía ni recordar mi nombre, solo preguntar por ti. Tan solo: está bien. Y yo quería verte, tocarte, olerte, lamerte, sentirte, seguir llevándote sobre mí, conectada a mí, y ese vacío, esa ausencia tuya me mataba y me aterrorizaba.

Desperté en esa sala fría, con sonidos de máquinas, no escuchaba tu llanto, no sentía tu presencia, y el terror volvía. Pensaba: me engañan, le ha pasado algo, no me lo quieren decir, por qué me duele tanto no tenerla aquí, conmigo… algo está mal, lo sé, lo siento en cada rincón de mi cuerpo y mi mente.

Estaba llena de cables, con una mascarilla, me la quité como pude y llamé ¡¿Por favor?! ¡¿Hay alguien?! Vino una enfermera y me preguntó cómo estaba, mi nombre, que cómo sentía la cesárea, el corte, en qué sentido. No tenía fuerzas para hablar, me faltaba el aire, y le contesté con señales, pero si pude decir algo: ¿Y mi niña? Y sin humanidad, fríamente, me dijo: No lo sé, no soy de neonatos. Jamás lo olvidaré… Empecé a llorar, pero ella se fue… la soledad de nuevo, pero la soledad de no tenerte a mi lado hija mía, esa era una soledad nueva para mi cariño.

Al rato vienen dos enfermeras, me miran la operación, mis compresas y dicen que debo expulsar más, y que me ayudarán empujándome la tripa ¡¿Empujar?! ¡¿Presionar una tripa con 34 puntos?! Pensé que no había entendido bien, pero sí, eso hicieron, se pusieron sobre mí a presionarme el útero… El dolor era insoportable, las di un manotazo y les dije ¡¿estáis locas?! ¡¡¡Es una herida!!! Sin hacerme caso, llamaron a tres enfermeras más diciendo: venid a ayudar, que esta es de las que no se deja… Las cinco sobre mi vientre, empujado de arriba hacia abajo. No sé cómo lo hice, pero dando manotazos me las quité de encima, y me dijeron: allá tú guapa, si te pasa algo es tu problema, pero no tenemos porqué aguantar esto de una paciente. Pero llorando, de nuevo, les supliqué: ¿Mi hija? ¿Dónde está? ¿Cómo está? La contestación fueron sus espaldas… y lloré… por el dolor de no saber de mi bebé, más que de mi tripa dolorida que luego lucieron moratones.

Al día siguiente entró mi marido, él me dijo que había visto a la niña, que estaba bien, que era morenita como yo, mucho pelo, lo tenía rizado como él, ojos negros como los míos, carita redonda y muy guapa. Y lloré, lloré porque estaba bien y porque yo, su madre, aún no la había visto. La había visto toda la familia menos yo. Llamadme egoísta, pero eso me dolía, yo debía haber tenido el privilegio de ver a mi niña la primera, y me robaron ese sagrado momento… y lloré. Le mandaron salir, y vuelta a la soledad y a soñar cómo era mi niña con la descripción de mí marido.

Vino el médico, me informó de mi estado, que había sufrido una taquicardia durante la operación, que me cosieron rápido porque temían un infarto, que no me recomendaban más hijos… Y yo pregunté: ¿y mi hija? Él dijo: ¿Nadie te ha informado? Rompí a llorar y le dije, sólo mi marido… Él me dijo que me mandaría a alguien de neonatos pues él solo sabía de mí.

Vino una enfermera, de neonatos enseguida. Muy amable me contó lo hermosa que era mi nena, lo buena (buena es que no lloraba…) que era la niña que ni se notaba en la sala, ni para pedir tomas protestaba, que estaba muy sana, que cuando me dieran el alta de la UCI me la traerían, que ahí no podía estar conmigo y que le habían dado biberones de suero el primer día, y que ahora ya le daban de leche porque había perdido peso. Mi niña nació con 2,860kg y 48,5 de altura.

Al tercer día me subieron a planta, nada más instalarme la subieron. La traía una enfermera que recuerdo fotográficamente, con mi naranjita en sus brazos, mi naranjita me miraba, como si supiera que yo era su madre, a los ojos, sin desviar la mirada. Te pusieron en mis brazos, te sentí, tu cuerpecito era como hecho para mis brazos, a medida, pero yo no sentía el amor de madre del que se habla… Te miraba, eras preciosa, eras mi bebé; eso me decían, pero me habían robado tres días sagrados y no te sentía mía. Y lloré por dentro, avergonzada, silenciosamente, como debe sentirse una mala madre que en verdad no lo es (las malas madres no tienen remordimientos), horrible, soy horrible pensaba, ¿No puedo amar? ¿No sé ser madre? Pobre criatura, tiene una mala madre que no va a saber quererla como merece ser querida ¿cómo puedo ser tan horrible? Y con esos remordimientos en la mente, mordiéndome el alma, me dice la enfermera: Dale el pecho, debe tener hambre… Mecánicamente le puse al pecho, como había leído que debía hacerse. Se prendió enseguida, no hubo problema alguno, pero dentro de mi sí, era un tornado de culpabilidades, me sentía horrible y no podía decírselo a nadie, nunca se lo dije a nade… ¿a quién decirle que no sentía el amor de una madre? Mi hija mamando, en mis brazos, y yo no sentía nada… era un  ser desalmado y horrible ¿a quién reconocérselo?

Ahora sé porqué no sentía nada, ahora sé lo que me robaron, ahora sé lo que NOS robaron y sé que nunca fui una madre horrible incapaz de quererte ¡todo lo contrario!

A los tres días, no sé, puede que antes, revisé mis sentimientos hacia ti mi naranjita, mi ratita, y ya eras el eje de mi vida. Te metía en mi cama sin hacer caso a los médicos que me decían de todo, te tenía todo el día en mis brazos, en la cama porque apenas podía levantarme (me dejaron un coágulo en el útero y hubo muchas complicaciones). Como pude, exigí bañarte yo, apenas podía levantarme pero era MI DERECHO tenerte todo el tiempo. Te bañaba, te daba masajes bajo una lámpara de luz de calor tal y como había leído que debía hacer, te hablaba todo el tiempo. Me llamaban loca, que me iba a enterar, que la de la habitación 336 se había trastocado la cabeza tras la cesárea ¿Crees que me importaba cariño? Que me llamasen loca me daba igual, porque algo me decía que debía reconectar, recuperar y disfrutar de algo que me habían quitado. Algo animal, primitivo, desde las entrañas, me decía que no me separase de ti y que te diera la teta cuando quisieras, que el tete (chupete) no lo querías y te daba arcadas, que mi teta te daba, además de alimento, consuelo, amor y te relajaba cuando había demasiadas visitas. A esas excesivas visitas les molestaba cuando no les dejaba tomarte en brazos, que era posesiva contigo, pero es que tú te mostrabas molesta ¿y una buena madre permite que molesten a sus crías por capricho de otro adulto? Pensé que no, y me dio igual lo que las visitas pensasen, importabas tú…

Hemos pasado mucho juntas querida hija, pasamos eso, sufrimos 11 años a un “hombre” maltratador, un centro de acogida, escondernos en pueblos desconocidos, sin conocer a nadie, solos, con unos familiares que cree en el matrimonio para toda la vida y que nos dejó solos por querer liberarnos. Hemos vivido quizá demasiado mi vida, pero siempre hemos estado conectadas, las madres y las hijas lo están, el tiempo nos lo muestra y cuanto antes lo sientas mejor será tu relación con ella. Esas vivencias nos han  hecho fuertes, quizá eso nos hace ser una familia de cinco que nada tiene que envidiar a las “tradicionales”, porque una familia no es un número, no es una combinación de sexos, no son papeles, no es nada de eso, la familia nace del alma, de la unión inquebrantable, del respeto, de la incondicionalidad, de la confianza, del saber que SOMOS y la soledad no cabe entre nosotros, ni los juicios. Hemos superado mucho en 24 años mi pequeña y enorme Thalya, nos restan muchos más, desatarnos aún más de eso que llaman padre y no lo es, y todas esas heridas que portamos. Vosotros sois lo mejor de ambos, vosotros dos sois dos partes de las cuatro vidas que me dan vida, y pasen los años que pasen así será, porque vivo en vosotros y muero por vosotros si hace falta, y lo más importante, es que no hace falta que lo diga para que estéis seguros de ello.

Feliz cumpleaños mi pequeña Thalya

Mayka Martín

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