Si, yo de pequeñita mentía mucho, mentía porque temía las represalias. Ya estaba condenada a ser llamada mentirosa porque las abuelas del pueblo decían “paletas separadas, mentirosa asegurada”, y claro, hasta que no tiré los dientes de leche, era una mentirosa… ahora ya no las tengo separadas.

Mentía porque sabía que me castigarían si se me caía un vaso, si derramaba el agua en la comida, si se me olvidaban los deberes, si me vestía mal o manchaba, si no me comía el bocata para el cole, si no me había bañado bien, si no me lo comía todo… pobres mis hermanos porque les echaba a escondidas mi comida en sus platos (mil perdones).

Mentía porque temía sus azotes, sus palizas, su encerrarme en la habitación con o sin luz, sus gritos, su dedo levantado, su mano levantada, sin un poco de misericordia ante mi terror y mis llantos al estar ahí, mis golpes a la puerta gritando: ¡Mami abre! ¡Te quiero! no lo haré más, aunque a veces no sabía qué había hecho mal.

Mentía constantemente, y era la culpable de todo siempre porque…. yo era la mentirosa.

Mentía porque jamás se me explicaba qué hacía mal, nunca supe qué hice mal.

Yo era muy inquieta, saltaba, jugaba, me subía a los árboles, me rompía los leotardos, no quería faldas, no quería sus dos trenzas apretadas para ir al cole a lo Pipi calzas largas (era la moda) y me soltaba el pelo en le recreo, luego venía el miedo… se me han soltado mamá, mentía.

Mentía a esos profesores que me pegaban con una regla de madera en los nudillos de la mano, o me ponían cara a la pared con los brazos en cruz mientras mis compañeros se burlaban y señalaban. Mentía cuando temía quedarme sin recreo porque era incapaz de estarme quieta en ese pupitre que sólo tenía un lado para escapar de su rigidez, sus normas, sus rutinas, sus burlas si no sabías algo. Me sentía maniatada, mis nervios, mi actividad se acumulaba, y al ser liberada era un tornado, y claro… me castigaban.

Mentía como un mantra, hasta que me hice mayor y pude defenderme sin mentiras, hasta que ya podía ser libre y no una cautiva en una habitación, dejé de hacerlo cuando dejé de temer ser yo y decir la verdad, ahora odio la mentira, y es mi bandera y ley decir la verdad, sobre todo a los que amo, sin temor, los que amo me escuchan sin juicios.

 

Muchos niños mienten, lo hacen por miedo. Ellos nacen sin saber mentir, a mentir nos enseña el miedo, el maltrato, el dolor, los gritos, los insultos, el temor a ser juzgados y castigados, nos enseñan los mayores. ¿por qué se castiga al niñx? Nadie debe ser castigado, o sí esto fuera así, que castiguen a todos esos políticos que nos mienten cada 4 años y durante los mismos, a sus casas a trabajar con el sudor de sus frentes, no de las nuestras.

Si, era una mentirosa y lloraba porque creí que era una mentirosa, me convencieron y eso parecía ser muy malo, aunque no sabía qué era mentir, nunca me lo explicaron. Porque ¿qué era la verdad y qué mentira cuando eras acusado sin pruebas y sentenciada, cuando no sabes aún ni lo que es la tristeza, no comprendes tus emociones, ese dolor que tantos años me ha acompañado? Hasta ahora…

Así que, por favor, no le enseñes a temer porque el camino a las mentiras las trae el miedo ¿y quieres que te tema o que confíe en ti, en tu amor, en tu comprensión, en tus ganas de explicarle qué es el mundo y qué es la Verdad? La Verdad es que una (pa)madre buena no maltrata, no les enseñemos que el que maltrata es el bueno de la película y la víctima el o la mala.

 

Firmado: Una antigua mentirosa

 

Mayka Martín

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