Recuerdo el día que empezamos a hablar de lactancia en las clases de preparación a la maternidad, como le gustaba llamarlas a mi matrona, prolactancia y creadora del grupo de apoyo de mi provincia. Colocadas en semicírculo, fui la última en contestar a la pregunta de si daríamos pecho a nuestros bebés. Todas y cada una de ellas dijeron: “Sí, si puedo, claro”. Yo fui la única que respondió SI, de echo dije: “Sí, cueste lo que cueste”.

Y como si alguien hubiese querido ponerme a prueba por tenerlo tan claro, por ser tan tajante en mi respuesta, costó. Ya lo creo que costó.

Durante el embarazo me informé mucho, leí todo lo que caía en mi mano y sabía que no era cuestión de poder, que toda mujer puede y que cualquier dificultad se puede superar. Leí sobre el agarre, las posturas, el inicio temprano… aleccioné a mi marido para que no diesen biberón al bebé ante la posibilidad de que fuese cesárea (por la posición transversa, aunque finalmente se colocó). Sin embargo cometí errores de primeriza, que hoy, echando la vista atrás, reconozco claramente.

Llegó el parto, fue de maravilla, y mi bebé empujaba con sus piernecitas trepando por mi cuerpo hasta alojarse casi en mi cuello. Primer error, ¿por qué no me lo puse al pecho entonces?, supongo que no sabía todo lo que sé ahora. Aún así hizo el primer agarre en la primera hora, mientras estábamos en recuperación y fue mágico.

Llegó el segundo error, no me lo puse durante la noche (nació a las 23.20). Cierto que él no lo reclamó, y que si que estuvo en mi cama, pegadito a mi todo el tiempo, pero no al pecho. Al día siguiente comencé con las tomas frecuentes, aunque no demandaba demasiado, siempre ha sido un bebé dormilón, pero él estaba bien, hacía el pis que debía, no tuvimos problema con ello.

Hasta llegar a casa. La primera noche durmió seis horas. Yo, muerta de cansancio, no me desperté. Los dos días siguientes me despisté, entre visitas y que el niño dormía mucho,y no debió hacer las tomas que debía, así que la noche del segundo día me encontré con el pecho enorme, durísimo y ni el sacaleches que tenía podía sacarme apenas unas gotas ni el niño era capaz de despertarse.

Como es lógico, a otro día empecé con décimas y lo que se convirtió en una mastitis que llegó a 40 de fiebre. Hablé con mi matrona y me puse las pilas, comencé a despertarle cada dos o tres horas, incluidas las noches en las que me ponía alarmas por miedo a no despertar. Me costaba muchísimo despertar a mi bello durmiente, pero así estuvimos unas dos o tres semanas.

A esto se le sumó el tercer error, el agarre. En su momento, a pesar de haber leído bastante, no tenía casi idea de lo que hacía, ahora viendo fotos soy consciente. Sumado a la mala postura por mi parte, estaba el echo de que mi pezón era enorme para la pequeña boquita de mi bebé, así que al llegar a casa comenzaron las heridas, especialmente en el pezón derecho, que me hicieron compañía durante dos largos meses y medio.

Las primeras semanas en casa fueron un horror, con fiebre, mastitis y medio pezón destrozado lloraba y gritaba en cada una de las tomas. Sentía terror cada vez que tocaba darle y tenía el ánimo por los suelos porque por más que intentaba corregir, echar cremas, dejar al aire… nada tenía solución, solo el tiempo.

Recuperada de la mastitis la cosa mejoró un poco, pero el dolor seguía siendo terrible. Un pezón curó antes, alrededor de casi los  dos meses. El otro, el más perjudicado, tuvo que esperar a que la boca de mi bebé creciera lo suficiente y aún así, necesité dejar de darle una semana de ese pecho y extraerme para dejarle curar. Me resistía a ello por miedo a una mastitis y lo hice con bastante miedo, ya que en el camino había tenido un par de obstrucciones más, pero gracias a la extracción manual, que es una maravilla, todo fue bien.

Tras esa semana en diferido, la herida curó casi por completo y volví a poner a mi bebé. A partir de ahí todo fue hacia arriba hasta el día de hoy en el que cumplimos casi 11 meses de lactancia. Y los que nos quedan.

A pesar de todas las dificultades, jamás decaí, ni pensé en dejarlo, ni le dí un sólo biberón. Tenía claro lo que quería para mi hijo y que todo aquello tenía que pasar, que sólo era cuestión de tiempo.

He de decir que tuve el apoyo incondicional de mi marido, que ni una sola vez me sugirió que lo dejase o que le diese suplemento. También el de mi madre, que a pesar de ser de la época en la que no se informaba y se cargaban las lactancias a pares, me apoyó igual.

Y no quiero dejar de mencionar a mi grupo de apoyo a la lactancia. A partir de la visita, con un mes de vida y los pezones destrozados, fui otra. No pudieron hacer nada por mis heridas físicas, pero sí por las psicológicas. Salí de allí con otro ánimo, con más fuerza. El mismo dolor, sí, pero con la capacidad de afrontarlo con una sonrisa y más paciencia.

La lactancia es el mejor regalo que puede darse a un hijo, y es un regalo para una misma también. Y casi más importante que la información, es el apoyo de una tribu.


Elisabeth Gimenez del Amor

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